Soy un punto invisible, insignificante.
Andando de aquí para allá sin saber qué hacer, comiendo en restaurantes de corrientes pizzas baratas, preguntando de revistero en revistero que hacer con mi vida, que subte coger… coger no se dice acá, te miran mal…
Con la guía T en la mano, siempre con la cabeza vacía y un mundo a mil cacheteándome la cara.
Aquí las parejas se dan besos tan apasionados en las calles que parece que no se volvieran a ver, uno camina al lado de ellos y siente como el tiempo se les suspende mientras se lo están dando. Es tan apasionado que emanan hasta la banda sonora del momento. Los seres grises que pasamos a su lado al verlos nos sentimos egoístas de la envidia que nos da.
Ahora el tren esta en movimiento
Los ascensores acá tienen hasta cero. Las llaves de las casas son como llaves de castillos, se meten en un hueco oscuro vos las giras y las puertas se abren.
En los buses metes las monedas a un contenedor y él se las traga solas. No hay números de carreras y calles, hay alturas, todas las calles tienen nombres. Casi todos los jóvenes de clase media baja tiene piercings cerca a la boca emulando el lunar de Marilyn Monroe y las viejitas y los gatos son las plagas que inundan Buenos aires. Nunca tantos gatos y viejitas juntos. La Biblioteca Nacional
En la calle Sanz Peña el colectivo 60 hasta Agüero y las Heras… objetivo: Biblioteca Nacional
Antes de llegar a clase me topo con 20 gatos que adornan el parque de la biblioteca. Nunca había vivido en un país con invierno, miro los arboles despojados de sus hojas y me acuerdo que es porque Perséfone y Dioniso están en el hades. Me la paso pensando en qué podría ser un mito mientras voy en el colectivo y veo la gente vivir mientras yo también vivo.
El salón está compuesto por diez viejitas porteñas ansiosas por inundarse de conocimiento. Gracias a ellas terminamos por un mecanismo intelectual estableciendo una situación ritual.
Ahora sigue el señor Turpin. Su existencia eriza. Su corporalidad suspendida, sus manitos horizontales explicando por qué esta en clase, la timidez tierna que respira, su bolsa de plástico gris y su cuadernito amarillo. Ver como contempla los apuntes que acaba de anotar. El conocimiento para él es como un viento orgásmico que atraviesa su piel, por eso se queda inmóvil haciendo que ese viento penetre por todos los poros de su piel.
El señor Turpin se volvió huraño con las moneditas, porque todos dicen en Buenos Aires que hay pocas, pero la verdad es que todos son huraños con las moneditas, como piensan que se pueden acabar, nunca se las cambian entre sí, siempre guardan el mayor numero de moneditas para siempre tener como montarse a un colectivo o meter una monedita donde sea, por que cuando el señor Turpin se queda sin una monedita en Buenos Aires, nadie le da cambio en la calle. Solo si el señor Turpin compra algo, existe la posibilidad de que le devuelvan con moneditas. Así que el señor Turpin decidió vivir el cambio. El señor Turpin en su país de origen hacía circular por su mantra dinerico (dinero que tocas, es tuyo y después no lo es) todas las moneditas, sabía que así como se iban, volvían, de hecho le sobraban las moneditas, y no le gustaba andar con tantas moneditas. Y así como él le pagaba a veces a una persona solo con moneditas para deshacerse de ellas, a él también le devolvían y lo encartaban con las moneditas. Nunca una moneda falto, y si faltaba alguien la regalaba. Lo que le gustaría saber al señor Turpin es quien comenzó con el chisme de que las moneditas en Buenos Aires se iban a acabar. El señor Turpin ah decidido inconscientemente quedarse con todas las moneditas que le lleguen a la mano, solo usarlas para el colectivo y nunca pagar algo con ellas que se pueda pagar con billetes. Ahora tiene muchas moneditas pero cuando le piden cambio dice que no tiene. La ciudad le ha inculcado la costumbre de ser huraño con las moneditas.


